José Ignacio López Colón
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Hace unos meses, nuestra compañera Merce me encargó preparar unas líneas para explicar el porqué y el sentido del estudio de los «seres pequeños», los invertebrados, esos «bichos» que, en palabras suyas, «la mayoría de los mortales considera feos e indeseables, sobre todo insectos y arañas, pero que son un mundo maravilloso» (imposible expresar mejor un sentimiento generalizado entre buena parte de la ciudadanía). Nuestra compañera me pedía que intentase explicar el porqué de esa pasión y esa curiosidad que llevan a estudiarlos, admirarlos y respetarlos.

Pues bien, voy a intentar hacerlo, como no puede ser de otra manera, explicando mi propio caso personal, que será muy distinto del de otras personas, pero supongo tendrá un trasfondo psicológico común. Por alguna razón que desconozco, desde muy pequeño me han interesado mucho los temas de Naturaleza —aunque en mi familia no había antecedentes por esa afición, tampoco es una cosa tan extraña y supongo que a much@s de vosotr@s os ha sucedido lo mismo— y, aunque no os lo creáis, tengo fotos de mí con menos de cinco años estudiando «bichos» (concretamente hormigueros, que entonces me fascinaban, me pasaba las horas muertas observando a las hormigas) y a los seis o siete años, una de las primeras cosas que ponía en la carta a los Reyes Magos eran libros de animales y plantas.

A los siete u ocho años ya me sabía montones de nombres científicos de insectos y árboles y anotaba meticulosamente todo lo que observaba en el campo. Pero no me preguntéis el porqué, ya digo, pues no sabría contestar. Siempre me han fascinado todos los seres vivos, pero en especial la gran diversidad de invertebrados que existe en cualquier ecosistema; es como si la Naturaleza hiciese magia y yo, de alguna manera, me siento como un niño que la observa con la boca abierta… ¡sin olvidarme después de anotar meticulosamente todo lo que veo!

2 José I López Colón 20-III-1966

Con diez años iba regularmente al Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid y estaba tres, cuatro o más horas al día estudiando los insectos de sus vitrinas y anotando todos los datos de las etiquetas y, sobre todo, pasaba las horas muertas en su maravillosa biblioteca (la del antiguo Instituto Español de Entomología). Creo que, en efecto, eso debe ser «pasión», en mi caso por el estudio de los insectos (Avda. de Ramón y Cajal, Madrid, 20 de marzo de 1966).

Algunas de vosotras, algunos de vosotros, seguramente procedéis de zonas rurales y habéis tenido la suerte de pasar vuestra infancia en contacto con bosques o campos maravillosos —quizá en Asturias o Galicia, en Andalucía, en la maravillosa Extremadura o, qué sé yo, por cualquier otra comunidad de la Península, todas son fantásticas— pero yo no. Mi padre trabajaba en una fábrica de un polígono industrial y vivíamos en la parte de arriba de la misma. En la calle donde pasé mi infancia no había ni un sólo árbol ni jardines ni nada (estábamos en las traseras de la fábrica Danone, en Madrid); toda la naturaleza real que veía eran los geranios que mi tía tenía en las macetas de las ventanas… Para mí, los libros eran una ventana mágica que me mostraban un mundo fantástico y, en cuanto tenía la oportunidad de ver «cualquier cosa en directo» me quedaba impactado —mi padre nos llevaba mucho al Retiro, a la Casa de Campo, en fin, a los sitios así, y en verano a la sierra o a diversos pueblos de Aragón, de donde procedemos (maravilloso Moncayo)—, y, por cierto, no me preguntéis, como hace mi hijo, por los programas de televisión… ¡en aquellos tiempos no había televisores, o al menos nosotros no teníamos! (tengo ya 61 años).

3 JI López-Colón 28-II-2014 1

Hoy día, con sesenta años, no dejo de tener la misma sensación que entonces cada vez que estudio, observo o investigo algo referente a «los seres pequeños», un sentimiento inexplicable y fantástico este de poder admirar y disfrutar los innumerables misterios que encierra cada metro cuadrado de terreno en nuestros campos (San Fernando de Henares, 28 de febrero de 2014).

Pero si he de decir la verdad, haciendo un ejercicio de introspección en mi psique para intentar descubrir esa admiración que siento por los «seres pequeños» y poder resolver la pregunta inicial que me ha llevado a redactar esta nota, creo que todo se resume en una palabra: biodiversidad. Desde pequeño, siempre me fascinó la gran variedad de seres vivos que había en cualquier lugar. Un dato simple: en la península ibérica hay censados unos 750 vertebrados diferentes en total y, sin embargo, se conocen en nuestro país unas 10.000 especies vegetales, unos 20.000 hongos y se estima que existen unos 60.000 invertebrados distintos (estoy hablando en números muy generales, pero aproximados a la realidad). Cuando ya era adolescente y bajaba al «descampado inculto» que había frente a mi casa —ahora es la zona conocida como el Parque de Berlín, de Madrid— y «realizaba un estudio» de la «fauna» de un solar de poco más de media hectárea con «cuatro cardos» y montones de crucíferas y amapolas (ni un solo árbol), podía hacer —y de hecho lo hice— un inventario de especies de insectos con un número superior al de todos los vertebrados que hay en nuestro país, y observar unas formas de vida tan dispares que, sinceramente, no tienen ni punto de comparación, con la ¿variedad? de cualquier estudio ecológico o etológico que pueda presentar un zoólogo que estudie los denominados seres superiores (los vertebrados)(1).

Y todo lo anterior —vertiente emocional—, sin mencionar la enorme importancia —vital— que los invertebrados tienen en nuestros ecosistemas, que de hecho dependen absolutamente de ellos. Por citar un ejemplo: la polinización, imaginaos la catástrofe que se produciría en la Tierra con la desaparición de los insectos polinizadores…

4 Cryptocephalus bahilloi JILC e

Imagen de Cryptocephalus bahilloi, una de las 42 especies nuevas que he descrito hasta la fecha. Descubierta en Rivas-Vaciamadrid y dedicada a mi colega, gran entomólogo y mejor amigo, el doctor Pablo Bahillo de la Puebla.

5 Neoplagionotus marcae S Fern Henares M 11-VI-13 e

Neoplagionotus marcae —el «escarabajo avispa español»— es otro de los insectos descubiertos. Como la especie anterior, también en Rivas-Vaciamadrid; se trata de un endemismo ibérico muy vistoso, de vida particularmente interesante debido a sus hábitos y comportamiento mimético y a estar ligado exclusivamente a una planta, la malva trilobada o Lavatera triloba (San Fernando de Henares, Madrid; 11 de junio de 2013).

(1) Sin menospreciar, por descontado, los muy interesantes estudios que se pueden hacer y se hacen en vertebrados, en los seres inferiores se «riza el rizo» en tales menesteres. Podríamos recordar simplemente lo fascinante del estudio de las complejas relaciones de parasitismo, hiperparasitismo, simbiosis o mutualismo, que se dan en estos grupos, de los insectos sociales (abejas, hormigas), las adaptaciones de muchos invertebrados a la vida acuática o a las zonas desérticas, a la vida en islas o en alta montaña, etc., etc., etc., algunas de las cuales parecen, cuando se descubren y se investigan, de «seres de otro planeta» (de hecho, actualmente, quien esto escribe está desarrollando estudios junto a otros colegas sobre un grupo de insectos que se llaman estrepsípteros —Strepsiptera— cuya forma de vida es exactamente igual a la relatada en la película de ciencia ficción Alien, el octavo pasajero y uno no deja de quedarse sorprendido y fascinado con la manera de vivir de este grupo zoológico) y otras estrategias de supervivencia (podríamos estar hablando horas y horas, días y días, sobre la particular vida de los pulgones, las cigarras, los insectos palo, los cebriónidos o escarabéidos del género Ceramida entre los coleópteros, o de muchas avispillas parásitas, por citar tres o cuatro ejemplos entre los miles de casos peculiares que se dan en el mundo de los invertebrados).
NOTA DEL EDITOR: aunque es muy conocida y utilizada con frecuencia, la catalogación de seres superiores y seres inferiores (o animales inferiores) nos parece poco adecuada, pues, además de sugerir una falsa jerarquía de valor, ignora por completo la realidad de los linajes evolutivos y los complejos sistemas estructurales corporales de los animales. Por ello, compartimos con el autor su deseo de escribir estos conceptos con marcas en el texto.

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